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Una postal de Conejoria

Conejoria prepara una tarta

Una tarta de flan, galletas de monitos y chocolate parece casi perfecta hasta que Conejoria detecta una carencia importante.

4 min de lectura

Conejoria, con gorro de cocina y cubierta de chocolate y migas, remueve una olla junto a una tarta de galletas.

Me habían encargado preparar una tarta de flan, galletas de monitos y chocolate para una merienda. Era una responsabilidad considerable, así que coloqué todos los ingredientes sobre la encimera para comprobar que no faltaba nada: dos cajas de galletas, leche, el preparado de flan y bastante chocolate.

Los miré un rato.

Faltaba zanahoria.

Volví a leer la receta por si la habían escrito en una línea pequeña, pero no aparecía en ninguna parte. Aquello me preocupó porque una tarta podía tener chocolate, flan y todos los monitos del Mercadona, pero, si casi no tenía zanahoria, seguía siendo una tarta con una carencia importante.

Saqué una zanahoria de la nevera y la puse junto a los demás ingredientes. Su presencia mejoraba mucho el conjunto, aunque todavía tenía que decidir cómo incorporarla sin alterar una receta que, por lo demás, parecía bastante segura.

Primero pensé en colocarla entera en el centro. Así una persona recibiría una porción extraordinaria, pero las demás podrían sentir que había favoritismo. Después probé a esconderla debajo de una capa de galletas y quedó un bulto muy evidente. Al final se me ocurrió triturarla hasta que nadie pudiera darse cuenta, que era la solución más discreta y también la que distribuía mejor la suerte.

Corté la zanahoria, la metí en la batidora con un poco de leche y puse la tapa. La batidora dio un salto pequeño, yo di otro más grande y unas gotas naranjas alcanzaron la pared. Aun así, el resultado quedó fino y solo moderadamente visible, así que lo añadí al chocolate. El chocolate es excelente guardando secretos.

Luego preparé el flan. Las instrucciones decían que había que calentar la leche y remover sin parar, de modo que me puse el gorro de cocina, agarré la cuchara y cumplí con exactitud. Seguí removiendo mientras buscaba la fuente, mientras abría las galletas y también mientras intentaba recoger una que se había caído. Al inclinarme, la cuchara lanzó un poco de flan sobre la encimera, pero no llegué a parar, que era lo importante.

Para montar la tarta mojé las galletas de monitos en leche y las fui colocando en filas. Dejé a todos los monitos mirando hacia arriba porque bastante tenían ya con que les cayese flan encima. Añadí una capa de chocolate con zanahoria, otra de galletas y otra de flan, y repetí el procedimiento hasta llenar la fuente o quedarme sin espacio para procedimientos.

La última capa tenía que ser de chocolate. Lo calenté en otra olla y removí con cuidado, pero estaba mucho más espeso que el flan y la cuchara salió de repente cuando tiré de ella. Una salpicadura aterrizó en mi gorro, otra en mi cara y varias más sobre mis patitas. También cayeron migas por todas partes porque intenté apartar la caja de galletas con el codo y el codo no estaba tan libre como yo pensaba.

Cuando terminé, la cocina parecía haber preparado la tarta conmigo. La fuente, sin embargo, estaba llena de capas bastante rectas y el chocolate ocultaba por completo la zanahoria. La guardé en la nevera durante unas horas, tal como indicaba la receta, aunque fui a verla tres veces para que no se sintiera abandonada.

En la merienda cortamos la primera porción. No conservó del todo la forma y hubo que ayudarla con una cuchara, pero tenía flan, galletas y chocolate en cada bocado, que es una forma más útil de mantenerse unida.

—Está muy buena —dijeron—. ¿Qué lleva?

—Flan, galletas de monitos, chocolate y una zanahoria triturada para que nadie se dé cuenta.

Varias cucharas se quedaron quietas.

—¿Lleva zanahoria?

—Sí, pero no la habíais notado.

Eso confirmó que mi plan había funcionado. Las cucharas volvieron a moverse y, cuando quisimos guardar lo que quedaba, ya no quedaba nada.

Me pidieron que la próxima vez avisara antes de añadir ingredientes secretos. Dije que sí, porque entonces ya no serían secretos, y me comí un monito que había aparecido pegado a mi gorro.