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Una postal de Conejoria

Conejoria y The Conejorians en el Dragón Verde

Una noche de música en directo en el Dragón Verde necesita un grupo, un nombre y quizá algo más de ensayo.

4 min de lectura

Conejoria está ante el público del Dragón Verde mientras varios conejos-zanahoria tocan la flauta, el violín, la guitarra y un tambor.

La primera vez que entré en el Dragón Verde encontré al dragón enseguida. Tenía la cabeza colgada en una pared, entre arcos de piedra, madera y unas caras de magos que parecían llevar muchos años pensando. Todo el mundo bebía con mucha tranquilidad, así que deduje que el dragón era decorativo o que ya había cenado.

Habíamos ido porque aquella noche había música en directo. Eso estaba escrito en una pizarra junto a la barra y me pareció una precisión curiosa, porque escuchar música en indirecto debe de ser complicadísimo.

Mientras buscábamos una mesa, una persona salió de detrás del pequeño escenario y preguntó si alguno de nosotros sabía tocar. El grupo que debía actuar tenía un problema con una rueda y llegaría tarde. No entendí qué instrumento era la rueda, pero levanté la patita porque yo sabía cantar algunas cosas si no eran muy difíciles.

—¿Tenéis grupo? —preguntó.

Miré a los conejos-zanahoria que habían venido conmigo. Aún no teníamos grupo, aunque estábamos bastante juntos, de modo que solo nos faltaba el nombre.

—The Conejorians —dije.

Sonaba internacional y muy ensayado. La persona del escenario lo apuntó en la pizarra antes de que nadie pudiera plantear una alternativa, y cinco minutos después estábamos rodeados de instrumentos. Repartimos los que cada cual conocía: una flauta, un violín, una guitarra y un tambor grande que ocupaba casi tanto como quien iba a tocarlo. Yo me quedé delante con las patitas libres, que era una forma muy profesional de parecer la cantante.

Acordamos empezar con una canción fácil. Alguien marcaría cuatro tiempos y entraríamos a la vez, lo cual era un plan excelente hasta que descubrimos que no todos entendíamos lo mismo por «a la vez».

—Uno, dos, tres, cuatro.

La flauta empezó en el dos, el violín en el tres y la guitarra esperó hasta el cuatro, quizá porque era la única que había escuchado las instrucciones. El tambor entró después con un golpe rotundo y yo canté la primera nota que encontré, de modo que el principio quedó confirmado.

La gente dejó de hablar. Algunas personas se volvieron hacia el escenario y otras levantaron sus vasos, quizá para vernos mejor a través de ellos. Seguimos tocando y, después de unas vueltas, todos encontramos una parte común de la canción. Duró poco, pero fue una parte estupenda.

En la segunda canción bajé del escenario y me puse entre las mesas porque desde allí podía ver mejor si el público necesitaba ayuda. Canté «la, la, la» donde me habían indicado y también en dos sitios nuevos que parecían un poco vacíos. Desde una mesa comenzó a acompañarme una persona, luego se unieron varias más y pronto todo el bar estaba cantando una letra que no existía.

Aquello facilitaba mucho las cosas porque era imposible equivocarse.

Cuando llegó el estribillo final, abrí los brazos, cogí mucho aire y grité:

—¡Wiiiiii!

Los instrumentos se detuvieron porque aquel sonido no estaba en el plan, pero el bar contestó con otro «wiiii» todavía más fuerte, así que repetimos el estribillo desde el principio para que pudieran hacerlo mejor. Esta vez salió tan coordinado que hasta quienes estaban en la barra golpearon el ritmo con las manos.

Terminamos en momentos ligeramente distintos. La flauta dejó de sonar primero, luego el violín y la guitarra, y el tambor dio un último golpe que pareció convencer a todo el mundo de que aquello era el final. Hicimos una reverencia colectiva bastante desordenada, después hubo aplausos, alguien pidió otra canción y la persona que nos había subido al escenario preguntó cuánto tiempo llevábamos tocando juntos.

—Desde hace un rato —le expliqué.

Nos invitó a algo en la barra y dejó «The Conejorians» escrito en la pizarra hasta el cierre. El otro grupo llegó poco después con todos sus instrumentos y una rueda nueva, pero para entonces el Dragón Verde ya sabía cantar nuestra canción.

No tenía letra, aunque eso nunca detuvo a nadie.